Posts Tagged ‘Santiago’

El Pianista del Radisson

Monday, May 18th, 2009

What a Wonderful World

Estaba yo en el lobby del Radisson, no recuerdo en que ciudad, y todos los hoteles de cadena son iguales, podia ser Montevideo, San Jose, Ciudad de Mexico, Sao Paulo tal vez… era en America Latina en cualquier caso. Yo estaba tomando un Pisco Sour, luego, debia ser Santiago de Chile. Y como en todos los lobbys de todos los hoteles de cadena internacional, habia un pianista, un hombre ya mayor, que tocaba por tocar, aburrido, todos los standares, Misty, Smoke gets in your Eyes, Autumn Leaves, todas estas canciones que hemos escuchado mil veces, tocadas de la misma manera, por el mismo pianista, desde Azerbaiyan hasta Zimbawe.

Piano Bar

Y alli estaba el hombre, pensando en sus cosas, sus ojos de tortuga entrecerrados, olvidados ya sus sueños de ser concertista de piano. Pensando en que le quedaban dos horas para terminar, o, más probablemente, en que debía pasar por el supermercado que se estaba quedando sin jabón, mientras tocaba por cuarta vez aquella tarde As Tears go By.

Y entre la gente del lobby habia un negro, negrisimo, que estaba alli, escuchando. En eso se agacha, abre una caja, saca un saxo, se coloca junto al pianista, y entra en el primer compas que puede, en duo con el piano.

El pianista abre su ojo de tortuga, cambia de postura, se pone derecho, cambia el ritmo y empieza a tocar una variación de la melodía, acelerada, transformada, un “morceau de bravoure” apenas reconocible. Sonrie, como diciendo: “ahí queda eso”. El saxo recoge el guante, repite la melodía, más rápido si cabe, en una transposición. El pianista marca el ritmo frenéticamente con los dedos sobre la tapa del piano. Los que estabamos en el lobby ya nos habiamos despertado, nosotros tambien.

Y en eso, viene otro negro, tan negro y grande como el anterior con un bajo, otro con la tabla de lavar que usan en New Orleans, otro con unas maracas y forman un cuarteto de jazz con piano.

Empiezan a tocar lo de siempre, los clásicos. Por el placer de tocar, no por dinero, no por la fama, no por el publico. El pianista del Radisson se habia transformado, los dirigia, les marcaba la entrada, y ellos le seguían, se le adelantaban…

Desde Over the Rainbow hasta Yesterday, desde I’ve Got you under my Skin hasta Lady in Red. El hombre estaba feliz, olvidado el supermercado, olvidados sus sueños de conciertos en el Carnegie Hall, olvidadas las dificultades del fin de mes, él sólo con la musica, él sólo con sus amigos que tocaban con él y para él.

negros-saxo

La gente se habia agrupado escuchandolos, nunca en aquel lobby se habian servido tantos mojitos y caipirinhas. Y, tras un rato, podia ser igual media hora que media tarde, un ejecutivo llega, debia ser el manager la banda, y les abronca, diciendoles que nunca quieren ensayar y estaban tocando en publico cosas nuevas – nuevo Hei Jude? nuevo  Blue Suede Shoes? – pero probablemente pensando que aquellos gilipollas estaban regalando algo que podian cobrar y les ordenó que se fuesen al autobus, que llevaba un buen rato esperando.

Y alli acabó. Los musicos se fueron, el pianista entrecerro sus ojos de tortuga, se echó veinte años encima, y enlazó con It’s a Wonderful World

Y esa fue la historia. Y al dia siguiente me entere que en aquella ciudad tocaba el Golden Gate Quartett.

El ascensorista de Santiago

Saturday, May 16th, 2009

ascensorista-4

La primera vez que estuve en Chile, hace ya muchos años, nuestro representante me había reservado habitación en pleno centro de Santiago. Para los que no conocen Chile, pero en general, y con muchas excepciones, en todas las ciudades de América, tanto del Norte, como Central o del Sur, el centro no es “the place to be”. Y menos de noche.

Un taxista zigzagueante me dejó en el hotel, esquivando las feroces micros amarillas (otro día haré un post sobre ellas, ahora que están ya en vías de extinción) a través de calles húmedas y oscuras… debo decir que Chile es un país que quiero mucho, pero que el centro de Santiago (incluso los Santiaguinos estarán de acuerdo conmigo), no es un lugar acogedor al atardecer.

Hice el check-in, me dirigi al ascensor, y ahí estaba él ¡un ascensorista!

old-elevator

Era una persona entrañable, discreto y sentencioso en su hablar, siempre de generalidades, temeroso sin duda de divulgar secretos que sólo él poseía, quién se había encontrado con quién y en qué habitación. Y no solo parejas sin equipaje pero con urgencia, sino probablemente también extraños compañeros de cama políticos, empresas que pactaban precios con la competencia en el anonimato de una habitación.

Mudo conductor hacia un séptimo cielo a las cinco de la tarde, triste testigo de huídas desconsoladas a las siete.

Nunca pude saber nada de él, ni dónde vivía, ni cómo había llegado a un puesto de semejante responsabilidad, porque aquel ascensor no disponia de botones, sino de un mando unico: que había que saber en qué momento exacto hacer bascular para detener el ascensor a nivel.

Y después, cuando viví en Santiago ví que no se había perdido el oficio, y, aunque los ascensores tuviesen pulsadores, aún estaban allí los ascensoristas como mudos Carontes, para guiarnos, no nos fuesemos a perder en el trayecto; pero sobre todo, estoy seguro, para controlar a los ascensores y así evitar que, libres de ataduras terrenas, nos catapultasen hacia el cielo.

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